Palabra de Vida

4 Noviembre 2008

“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc. 9,23)

Para los creyentes, el prospecto de que al final de nuestras vidas iremos al cielo y habitaremos en la casa de Dios es una promesa que nos da motivación para seguir con la lucha diaria.  Muchas de las cosas que hacemos en nuestra vida las hacemos con este propósito: alcanzar una vida mejor.  Jesús en el evangelio de Lucas nos da la clave. Nos regala la respuesta al exámen. Lo único que debemos hacer es dejar de quejarnos, dejar de lamentarnos de nuestros problemas y nuestras desgracias, dejar de preocuparnos por las cosas pasajeras de este mundo y caminar con fe en nuestra vida, con la fe que nos permite tomar nuestra cruz y seguir a Jesús. Y surge entonces la pregunta de cómo saber cuál es nuestra cruz. Empecemos por definir la palabra para saber distinguirla luego. En este contexto, cruz es peso, carga o trabajo. Nuestra cruz tiene muchas dimensiones: La cruz del trabajo diario que empieza con levantarnos con una sonrisa, la de preparar el café, la de contribuir a una empresa que nos paga para que colaboremos con su éxito; la cruz de soportar con resignación una enfermedad, una injusticia; la cruz de tener valor para luchar contra esta misma enfermedad, contra esta misma injusticia. Y al cargar nuestra cruz sólo se nos pide hacerlo sin quejarnos, sin vernos a nosotros mismo, sin tenernos lástima porque podríamos estar mejor, porque merecemos más y un sin número de cosas que nos amargan el día. Si hacemos esto, cada día, y seguimos el camino del señor no tendremos que morir para sentir el cielo y la presencia de Dios en nuestras vidas porque Él irradiará desde nuestro corazón y alivianará nuestra carga.

Hay muchas cruces en la vida de una persona. Es mi oración que siempre recordemos además que Dios sólo nos da la cruz que sabe podemos cargar.